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Una más

Rosa Montero. El País, 5-1-2010

Hace tiempo ya escribí una columna sobre X, un joven de 34 años con trastorno límite de personalidad, dolencia mental de la que se sabe muy poco y que todo el mundo se quita de encima como una patata caliente. Todo el mundo menos las madres de los afectados, claro está, esas mujeres desbordadas y acongojadas que son quienes se hacen cargo de los enfermos, quienes dejan sus trabajos para dedicarse a cuidarlos, quienes se encierran de por vida con el hijo en el domicilio familiar, convertido en cárcel perpetua para dos, en pequeño infierno doméstico del que huyen a toda prisa los demás, incluidos los padres demasiado a menudo.

Ahora la madre de X vuelve a escribirme porque todo sigue igual, es decir, peor, que es lo que siempre sucede cuando las malas cosas se eternizan. X nunca ha sido físicamente violento, pero sí verbalmente, y le da por obsesionarse con personas. Les acosa, les llama por teléfono a todas horas. Ahora está molestando a una chica que le ha puesto varias denuncias, como es lógico: ser perseguido así es muy angustioso.

Van a meter a X en la cárcel, porque según el forense es consciente de sus actos. Esto es típico del trastorno límite: no les diagnostican bien, no hay médicos que se hagan cargo de ellos, no hay hospitales que los admitan. Si no fuera por esas madres, ¿qué sería de ellos? “Mi hijo no está para ir a prisión, sino a un centro donde le ayuden a superar sus crisis”. X padece depresiones y ha intentado matarse varias veces. “Hay muchas familias con este problema y nuestros hijos acaban presos o suicidándose ante la impasibilidad de la Administración. Ya no puedo más”.

Me pide que oculte el nombre del chico. Ella se llama Margarita y es una más entre muchas madres semejantes.