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Carta de una afectada

Padezco un trastorno límite de la personalidad desde hace ya muchos años, aunque sólo hasta hace cosa de 2 o 3, empecé a observarme, y vi que lo que me pasaba era muy raro: quería ser buena y a veces tenía unos arranques de mal genio (desde pequeña) que no podía controlar (le hinqué un tenedor en la pierna a mi hermano con saña, y porque él escondió el cuchillo. Tenía entonces 6 años). Tampoco podía controlar mi bulimia ¡mi desesperación!.

Nadie que no tenga este trastorno se puede llegar a imaginar lo que los enfermos de TLP sufren: es como la leyenda de Polifemo Prometeo, quien por dar fuego a los humanos fue condenado a ser infinitamente comido su hígado por un águila, que cuando acababa, volvía a tener otro hígado que le había crecido a Prometeo.

Y así hasta la eternidad. Pero hay una gran diferencia entre nosotros (TLP) y Prometeo. Él no podía hacer nada apaciguar su sufrimiento, pero nosotros sí. Nosotros tenemos medicaciones a nuestro alcance, que nos recetan nuestros psiquiatras, y que nos son necesarios. Pero, aparte de esto, nosotros somos personas que hemos enfermado de TLP, no somos TLP’s. No es lo mismo la persona que la enfermedad. La enfermedad se cura, y esto es posible con una fuerza de voluntad titánica, unida a una buena terapia psicológica cognitivo-conductual.

Yo sé que me voy a curar. No importa que hace dos días tuviese que ir a un hospital de urgencia, o que lleve ya cinco lavados de estómago. Es muy sencillo: saquemos fuerzas de donde sea, luchemos contra esta pesadilla y este infierno. No estamos solos, la mayoría tenemos familia (que sufre casi como nosotros) y además tenemos a Dios que nos puede ayudar a recopilar fuerzas cuando ya creíamos que eso no era posible. (…)

Se creen que nos comportamos así porque queremos, no se dan cuanta de que a veces perdemos el control, de que nuestra angustia dura 24 h. al día y de que también sufrimos por el daño que les hacemos. Pero no es así, todo es por causa de este maldito trastorno tan poco conocido y tan poco comprendido por todos los que no lo padecen. A vosotros, amigos, luchad y venceréis. Yo voy a luchar y venceré mi trastorno límite. (…)

A los familiares, os ruego de rodillas si es necesario, tengáis paciencia, que no os dejéis meter en el duro juego de batallas con que a menudo “os obsequiamos”. Tened también confianza en que nos curaremos, y no la perdáis nunca, porque nosotros somos como niños, nos sentimos desprotegidos y si encima nos echan en cara cosas que hacemos sin poder evitarlo, entonces es cuando vienen las hospitalizaciones por intentos de acabar con este infierno. Tened piedad, estamos enfermos, ayudadnos! No nos hagáis sentir culpables, ya bastante nos sentimos nosotros! E intentad comprender el dolor tan inmenso que sentimos y que no podemos evitar, por “bordes” que parezcan nuestros comportamientos.